miércoles, 23 de marzo de 2011

Felicidad

Hace tres meses, el señor Carlos González y su hijo fueron encontrados en el suelo de la sala de su casa, Carlos tenía un revolver en la mano derecha y un trozo de papel en la izquierda que decía “…lo lamento tanto…”; mientras que su hijo, Fernando, estaba inconsciente debajo del umbral en la entrada de la sala a unos cuantos metros del cuerpo de su padre. En el suelo había un charco de sangre que rodeaba a Carlos, se había volado gran parte del hueso parietal disparándose en la frente. Suicidio, fue como la policía describió la muerte del señor Carlos González.

El añoso señor Gonzales lucía un aspecto de hombre fuerte y su edad difícilmente se podría adivinar, era un personaje muy respetado y misterioso; hombre de negocios de los cuales nunca profería algún cometario. Sorpresa para todos fue, que cuando murió, salieron a relucir esos negocios y con ellos cuantiosas y agobiantes deudas que Carlos cultivó en vida. Ahora el misterio de su inesperada muerte estaba resuelto. Pero no tomó en cuenta, o quizá sí, que a los prestamistas poco les importaba su salud, ellos lo único que querían era el dinero de vuelta, así que la responsabilidad pasó a Fernando, que tuvo que acceder y comprometerse a pagar o toda su familia moriría junto con él de la misma forma que murió su padre excepto que no se trataría de un suicidio colectivo.

Fernando trabajaba en un banco, era un buen contador; trabajador y responsable gracias a su padre puesto que este siempre quiso lo mejor para su hijo y para que eso sucediera siempre decidió sus escuelas, maestros, amistades, su profesión y su trabajo; incluso se podía decir que si Fernando tenía esposa fue porque su padre consideró que era una buena muchacha. El pequeño Fernando obedecía a su padre todo el tiempo, y cómo no hacerlo si la relación que tenían de padre e hijo parecía más de sargento-soldado. Quizá lo estricto del señor Carlos se debía a que Fernando le había costado la vida a su esposa, a quien él amaba intensamente, y después que esto ocurrió, sintió que debía de proporcionarle a Fernando la mejor formación para que el hijo de su adorada esposa fuera el hombre que ella siempre quiso tener como fruto de su cuerpo. Por esto Fernando cuando era adulto sintió que jamás vivió, que en todo momento fue un mansurrón, pues siempre hacía lo que su padre le ordenaba y nunca lo que él quería.

Durante el entierro del señor Carlos, Fernando no pudo evitar mostrar una sonrisa de alivio, por fin se sintió libre de decidir por él mismo, todo en él cambió, era alegre y amoroso con su familia, dejó de lucir tan funesto rostro para convertirse en una persona más segura de sí mismo. Pero cuando días después se enteró de los asuntos que dejó pendientes su recién fallecido padre, la beatitud de la idea de ser libre que Fernando había soñado desde hace años se desmoronó. El plazo para pagar era de tres meses. Tres meses y todo terminaría. Sagazmente, Fernando planeó todo para obtener el dinero, utilizó todos sus recursos y casi al final de los tres meses sólo faltaba liquidar un pago, era el más costoso y debía cubrirse en tres días pero Fernando estaba tranquilo porque ya todo estaba calculado. Aquel día era un viernes.

Ese viernes en la mañana Fernando se despedía de Claudia y Alejandra, su esposa e hija, quienes ignoraban el problema en el que Fernando estaba involucrado. Claudia iba a visitar a su madre junto con su hija, se marchaban todo el fin de semana. Mientras Fernando tenía tiempo de terminar con lo único que lo seguía anclando a su padre.

Sentado estaba Fernando en su sillón, planeando lo que iba a hacer primero; quizá separarse de Claudia y juntarse con alguien que él decida, tal vez estudiar historia porque siempre le ha fascinado; o simplemente marcharse y comenzar una nueva vida en un lugar donde nadie lo conozca. Estaba sentado, con los ojos cerrados, ensimismado, solo él y sus planes, cuando un estridente sonido quebró el silencio e hizo saltar a Fernando de su asiento, era el teléfono. Fernando atendió la llamada, el préstamo por el cual estaba esperando se lo negaron, le negaron la salida más rápida para salir del apuro, le negaron la tranquilidad que tanto anhelaba. La noticia lo dejo pasmado, no hizo movimiento más que el de colgar el teléfono mientras que de la bocina se escuchaba tenue una voz diciendo repetidamente “¿Señor Fernando?”. Inmediatamente que colocó la bocina en su lugar otra llamada entró, esta vez era del trabajo. En su rostro lo único que era visible era vesania y nada más, y en ese momento lo único que pasaba por su mente era la facilidad con que lo malo se convertía en mierda. Arrojó la bocina al suelo y golpeó la pared con la mano derecha, fue tan fuerte el golpe que su muñeca y nudillos resintieron demasiado el impacto y así Fernando se tranquilizó.

Se volvió a sentar en el sillón mirando hacia el frente pero no veía nada realmente, se quedo ahí, ensimismado, se desconecto del mundo, apago todos sus sentidos y solo se quedo pensando que hacer. Estaba harto de pensar que hacer, de la zozobra del dinero y del mañana. Ni siquiera tenía motivos para resolver los problemas de su padre y aun así lo hacía, quizá durante mucho tiempo nunca había tomado una decisión por si mismo, no era nadie, solo seguía lo que le ordenaban y quería cambiar eso. Le bastaron un par de minutos para que, en retrospectiva, se diera cuenta de su infausta vida y que jamás había hecho lo que el quería, era el momento de dejarse ir, solamente dejarse llevar. Ya nada le importaba. En ese momento una sonrisa de dibujó en su rostro.

En el momento en que se decidió a por una vez en su vida realizar lo que le diera la gana, sonó el teléfono otra vez; imaginando que sería la misma basura de hace unos momentos no quiso contestar pero cuando la contestadora sonó reconoció la voz de Marisol, una compañera que recién había entrado al trabajo, rápido levantó la bocina.

-¿Marisol?- dijo Fernando

-Señor Fernando, que bueno que lo encuentro en casa. Perdón si lo molesto pero quería saber si puede ayudarme con unos números que…

-Marisol espera- interrumpió Fernando- no quiero parecer grosero, pero ya no trabajo ahí y en verdad no me gustaría estar desperdiciando tiempo hablando de números.

-No puede ser – dijo Marisol algo exaltada- usted tenía ya varios años trabajando para ellos. No pueden despedirlo… Entiendo que no quiera saber nada acerca de trabajo, lo siento señor.

- Sí, la verdad es que me hace falta distraerme un poco- mientras decía esto, Fernando recordó la imagen de Marisol, ella era joven y tenía bonito rostro, sin mencionar que tenía un cuerpo de muy buen ver, Fernando sabía que él le gustaba y si la invitaba a salir, adivinaba que ella aceptaría. “No hay que perder tiempo”, pensó. Con picara actitud Fernando sugirió que se reunieran para tomar un trago y cómo lo había previsto, Marisol dijo que sí.

Eran casi las nueve de la noche y Fernando aún no estaba listo, convenientemente la cita era en un bar cercano a su casa a las 9:30. Se dirigía a la puerta principal cuando se encontró con Sara, una gata rayada de color gris y ojos azules; lo miraba fijamente sin moverse de la puerta, como si supiese lo que Fernando planeaba hacer. Fernando no pudo evitar sentirse incómodo con esos profundos ojos azules y empujó a la gata con su pie, abrió la puerta y salió escopetado de la casa.

Lo único que vieron los vecinos a la mañana siguiente fue a Fernando entrando a su casa alrededor de las cinco de la mañana acompañado de una mujer “muy atractiva”, como la describió don Pedro que vivía enfrente. Eso fue lo último que se supo del contador Fernando.

Dentro de la casa, Fernando se dirigió a su habitación con ayuda de la mujer con quien lo vieron entrar y lo primero que hizo fue acostarse. Lucía muy cansado y desorientado y cuando la mujer se iba, Fernando le habló lo más fuerte que pudo un par de veces diciendo “No te vayas”. Después de eso se durmió.

Despertó un poco mareado y exaltado. Estaba asustado, perturbado, no recordaba nada, todo estaba oscuro y no sabía con certeza donde se encontraba. Escuchó que algo se movía con mucha delicadeza. Se levantó de donde estaba sentado, él sabía que era una cama, seguramente suya, pero aun así no daba por hecho que conocía el sitio donde estaba pues olía muy mal. Se dirigió a donde se supone estaría la puerta, si es que se encontraba en su cuarto, y así fue. Fernando se sintió más tranquilo, prendió la luz e intento abrir pero la puerta estaba cerrada con seguro. Volteó a todos lados buscando la llave, se dio cuenta que su ropa tenía sangre, siguió buscando la llave y miró el reloj en la pared, marcaba las 4 am, domingo. Fernando se consternó más aún pues hasta donde recordaba había salido de su casa para encontrarse con alguien y nada más.

-¿Qué pasó?- se preguntó Fernando asustado por la mancha roja en su ropa. Estaba descerrajando la cerradura cuando escuchó una risa detrás suyo y se estremeció, dio media vuelta y buscó por todos lados diciendo -¿Quién es?... ¿Quién está ahí?-. De nuevo la misma risa resonó en el cuarto, Fernando se puso nervioso y comenzó a sudar. Sus ojos no cedían de buscar algo que se moviera y repentinamente Sara apareció de un salto en la cama. Miró a Fernando y le dijo – Hola -.

Fernando no pudo evitar asustarse cuando la gata le habló, y más fue su asombro cuando notó que el hocico de Sara tenía boca humana. Simplemente no podía creer que un animal hablara, entonces comenzó a reírse a carcajadas.

-Ahora lo entiendo todo- dijo Fernando- ¡esto es un sueño!... aunque es muy realista.- continuó riéndose, se sentó en la cama y levantó a la gata mirándola fijamente a los ojos. –Esto es fantástico-

-Sí, es fantástico Fernando pero, ¿sabes qué lo hace mejor?... ¡Que no estás dormido!- La gata mordió la mano de Fernando, corrió a una esquina y trepó el ropero. – ¿Cómo explicas que eso te halla dolido y estés sangrando?

La mordida le dolió demasiado. Le arranco un trozo de piel. Fernando maldijo a la gata mientras él, patéticamente chupaba la herida y escupía, como si se tratase de la mordedura de algún animal venenoso. La risa de Sara sonaba desde el extremo contrario a la puerta.

-Pobre Fernando, siempre tan ingenuo y quejumbroso. ¿Ves? Esa es la razón por la cual jamás podrás hacer nada por ti mismo. Ni siquiera puedes abrir esa puerta.

-Es porque no encuentro la llave, seguramente alguien me encerró.- contestó Fernando mientras regresaba a su labor con la puerta.

-Tienes razón, eres tan difícil de controlar que se vieron en la necesidad de meterte en tu cuarto y cerrarte con llave. – la gata se burlaba de Fernando. – ¿Qué no era lo mismo que tu papi hacia cuando quería que lo dejaras en paz?

-¡Cállate maldita sea, cállate!, déjame tranquilo estúpida gata- Fernando respondió rabioso. – No entiendo cómo es que estas hablando pero poco me importa, solo quiero salir de aquí.

-Al igual que yo- dijo Sara- Mira, hagamos un trato, ¿vale?, seamos equipo. Así encontraremos más rápido la forma de salir de aquí. Sólo te quiero ayudar.

- Da igual- dijo Fernando continuando con sus fallidos intentos de forzar la cerradura.

- Primero, déjame comunicarte, mí estimado compañero de prisión, que la persona quien nos encerró aquí fuiste tú.- Dijo Sara y Fernando soltó el picaporte para voltear a ver a la gata, en su rostro estaba implícita la pregunta ¿Es cierto eso?- Sí Fernando, tu cerraste con llave pero no recuerdas donde está y yo no vi dónde la pusiste, así que nos vemos en la necesidad de que recuerdes que fue lo que hiciste, ¿qué es lo último que recuerdas?

Fernando no sabía que pensar acerca de lo que la gata profería así que se limitó a responder sus preguntas. Le contó lo único que recordaba, que tenía que reunirse con alguien.

-¿Algún familiar o del trabajo?- Preguntó la gata.

-Familiar... mi esposa quizá.- Dijo Fernando cabizbajo, mirando el suelo y concentrándose.

-Ja, no lo creo, ¿no recuerdas que ella salió? Fue con su madre y se llevo a la niña. Yo vi que te arreglaste demasiado, la llamada había sido de alguien del trabajo, era una mujer ¿no?

-Recuerdo que me despidieron, yo me enojé mucho, después una mujer me llamo y… ¡Marisol! Sí, ya recuerdo eso. Llegué tarde al bar pero no le importó, bebimos un poco y platicamos de varias cosas, después de eso me parece que salimos de ahí, la fui a dejar a su casa y me invitó a pasar; estábamos en la sala y seguimos bebiendo, nos embriagamos, comenzamos a besarnos y… no me digas que…

- ¿Tuvieron sexo?- Sara reía a carcajadas.- Por favor, en el momento en que Marisol estaba en pleno furor uterino no pudiste aprovecharlo porque no tenías esa herramienta lista para el arduo trabajo. ¿Qué ocurrió Fernando, le temes a las mujeres? ¿Por qué te cohíbes?

- Yo no… - Se interrumpió Fernando y se quedó unos segundos pensativo- ¿Cómo es que sabes eso?

- Uy… bueno Fernando creo que ya tienes la edad suficiente para saber que, ¡los gatos no hablan!- se reía la gata mientras se dirigía del ropero a la cama.- No es posible que un gato te hable y tú no te cuestiones por qué o cómo es que lo hace, por lo menos deberías sospechar que estás loco o algo por el estilo. Yo soy tú. Para tu tranquilidad déjame decirte que eres el hombre más cuerdo del planeta. – Fernando no creía eso y miraba la herida que la gata le había dejado, no tenía una mordida, era un rasguño. Sara continuó- Después de que Marisol te corrió de su casa por impotente, te fuiste furioso a una cantina de mala muerte, llena de borrachos y prostitutas, volviste a beber y una tipa se te insinuó, salieron de ahí con rumbo a un hotel ya que el alcohol te ayudo con el problemita que tuviste en casa de Marisol; iban caminando en una calle solitaria cuando de pronto salieron tres tipos; te tiraron, patearon y sometieron para inyectarte un liquido verde- Fernando se fue a mirar en el espejo y miró su cara machacada, le empezó a doler, realmente estaba sorprendido. Sara continuó- Robaron tu cartera, celular y lo que pudieron llevarse, la tipa con la que estabas gritaba pero a mí me parece que fingía. Recogió tus llaves y te ayudo a llegar a casa, estabas muy mal, apenas consiente, tan pronto te dejó en la cama comenzó a buscar con toda tranquilidad en tus cajones dinero y joyas, lo único que le dijiste cuando se marchaba fue “¡No te vayas! ¡No te vayas!… hija de puta”. Ahora tú Fernando dime qué ocurrió después.

- Después… Fernando comenzó a hablar con el rostro pálido, sudaba, y tenía en los ojos una mirada extraña, como si estuviese en trance- Varias horas después de quedarme inconsciente me despertó el sonido de la contestadora, era Claudia, sonaba preocupada y decía que llegarían en media hora. Me levanté y la esperé en la sala, estaba furioso, su voz me recordaba a la de mi padre, jamás la quise solo ayudo a Carlos a controlarme. Estaba sentado en la sala cuando tú, la gata se subió a mis piernas y yo aún tenía la libido muy estimulado por haber tenido a dos mujeres y no hacer nada, así que estrangulé a la gata mientras saciaba mis deseos con su cuerpo aún tibio, me sentí como un enfermo y arroje el cadáver a mi cuarto. Esperé a que llegará Claudia, cuando llegó me abrazó, decía que estaba preocupada por mí, que le habían dicho que me tenían secuestrado, basura, yo se que metía, que se había largado con otro que le cumpliera sus caprichos así que le di su merecido, comencé a golpearla hasta que dejo de moverse y llorar. La zorra de su hija, y la llamo su hija porque no creo que sea mía, trató de correr, la arrastré de los cabellos hasta aquí y la aventé, cuando vio tu cadáver pregunto qué te había pasado y yo le pregunte que si en verdad quería saberlo que tenía que acercarse porque era un secreto, tan pronto estuvo a mi alcance la tome del cuello y le hice exactamente lo que te hice a ti gata. Después arrojé su sucio cuerpo de 10 años a la sala junto con su madre. Regresé a mi cuarto, cerré la puerta con llave y la coloqué en tu boca.

-Exacto- dijo la gata- te has ganado… tu libertad.

No hay comentarios:

Publicar un comentario